Casita rústica con interiores de época, chimenea monumental y huerta.
Detalles del espacio:
Hay interiores que un departamento de arte tardaría semanas en construir. Este ya existe. Una finca de planta baja con varios cuerpos de construcción en ladrillo visto y encalado, tejado de teja árabe y porche exterior con valla de madera, rodeada de árboles maduros, jardín de hierba y una huerta vallada con postes de madera y tierra trabajada en surcos. El conjunto exterior tiene la escala y el desorden orgánico de un caserío real, habitado durante décadas, que ha ido creciendo sin plan pero con coherencia.
El interior es donde esta finca se separa de todo lo demás. El salón-comedor principal tiene techo con vigas de madera oscura vistas, paredes de ladrillo macizo sin revestir, suelo de barro cocido y una luz cálida y densa que envuelve cada rincón. La mesa redonda con mantel, las sillas de madera blanca, el aparador oscuro con vajilla expuesta, la máquina de coser antigua en un rincón y una lámpara de tela colgando del techo componen una imagen de interior rural español de los años setenta perfectamente preservada. Sin retoques, sin nostalgia impostada: simplemente real.
Pero la pieza más poderosa de la finca es la chimenea. Grande, de ladrillo visto con campana de obra, barra de madera maciza como repisa y encima una colección de jarras y pucheros de cobre y cerámica. A los lados, sillas de madera con brazos. Delante, una mesa con mantel. El hollín en el interior del hogar, los cuencos de barro alineados, las tenazas colgadas a un lado: es un plano que se rueda solo. En otro espacio conectado, una sala larga con techo de vigas, zócalo de madera, vitrinas, estufa de hierro fundido y paredes repletas de aperos colgados —sombreros de paja, azadas, hoces, cestas— con un futbolín en el centro. Una sala de uso múltiple que mezcla tiempos y usos con una naturalidad completamente cinematográfica.
El segundo salón tiene grandes ventanales que dan directamente al campo verde, con sofás de cuero oscuro, mesa de madera rústica estilo palet y una vitrina llena de copas de cristal. La luz exterior entra en contraste con el interior oscuro de madera y tierra. La cocina es de las que no se olvidan: muebles de madera maciza con herrajes de forja, encimera de granito, isla central con estructura de madera y baldas abiertas con cazuelas de barro, especias y utensilios colgados en la pared. Teja árabe como decoración en el frente de los muebles altos. Una cocina que parece sacada de una película de Berlanga.
El dormitorio principal tiene cama de hierro forjado negro con cabecero y remates dorados, armario de madera oscura con espejo y un reloj de pared antiguo de péndulo colgado en la columna. Atmósfera densa, íntima, de otra época.
La huerta exterior, vallada con postes de madera y tela metálica, muestra surcos trabajados con cebollinos, plantas aromáticas y frutales en flor al fondo. Una imagen de vida rural activa, no decorativa.
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